Xuño – Las Furnas con Marta Sánchez

2 años ago
andreina
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Muchos sueñan con el calor mediterráneo y la calma del mar cuando piensan en irse de vacaciones. Ese nunca fue mi caso. Siempre preferí el salvaje oleaje de Xuño que bañaba los acantilados y las rocas gallegas frente a la tranquilidad otorgada por el Mare Nostrum. Desde pequeña aprendí los peligros que conllevaba meternos en ese océano en cuyas playas jamás verás una bandera verde. Sabía identificar cuándo me podía meter y cuándo no, el momento en el que la resaca empezaba a ser demasiado marcada y debería salir del agua, cuándo era mejor quedarme en la arena y solo acercarme al mar para coger un cubo de agua en la orilla.

El camino, plagado de los pequeños pueblos que forman el concello de Porto do Son, merece tanta admiración como las zonas naturales. Las carreteras rodeadas de árboles dan la bienvenida a Xuño y un pequeño cartel, el cual necesitas conocer o no serás capaz de verlo, será el que te indique por cuál de los estrechos caminos se llega hasta las playas. A lo largo de los años, más gente ha ido descubriendo el lugar y ya no son las solitarias playas de hace veinte años. Sin embargo, entre semana, sigue siendo prácticamente un paraíso alejado de la mano del hombre.

Sentarse en las rocas a ver el mar es una de las sensaciones más únicas de las que uno puede disfrutar, porque precisamente esas rocas hacen que el agua salte, que el olor del salitre se acentúe y el paisaje se asemeje más a una zona virgen y salvaje que accesible en coche desde la carretera local. Esto destaca aún más en los días de niebla y frío, bastante comunes aunque sea Julio, que le da un aspecto grisáceo inimitable.

Pasear por Xuño implica tener que tener cuidado a cada paso. Los pedruscos pueden hacerte tropezar, salirte del camino podría hacer que acabes con el pie dentro de un matorral conocido en la zona como tojo, que puede llegar a provocar dolorosos picotazos con sus duras hojas puntiagudas. Pero también te premia con los bosques nada más salir de la playa, el puente medieval y río de agua helada que no se oye, sino que se siente.

Viajar a Xuño es alejarse de todo lo que implica la vida en una zona urbana y es lo que siempre me llamó la atención. No hay edificios altos, no hay bullicio, no hay apenas coches (excepto en fines de seana, ya que se ha empezado a popularizar entre surferos y gente de pueblos cercanos) y las prisas se han dejado en otro sitio.

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Autor: andreina

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