La India de voluntariado

3 años ago
Andreína Pérez
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¿Cómo es ir de voluntariado a La India?

El monzón indio marca la época de las lluvias en el subcontinente. Es verano de lluvias y humedades, calor y ropa empapada en la India. A veces, te preguntas por qué sigue lloviendo en vez de evaporarse cada gota de agua antes de llegar al suelo. Los días empiezan pronto y terminan antes, no es un verano occidental, es el verano de la India y es agosto.

El pequeño Shiva se levanta temprano, como cada mañana, y salta de su litera superior, con mucho cuidado, sin despertar a Sanjay que duerme debajo. Ya son las 5:30 de la mañana y los rayos de sol han golpeado en la cara de Shiva. Tiene mucha sed y en la cocina le pregunta a la cocinera, Savitri, si le alcanza un vaso de agua. Ella se lo da cariñosamente diciéndole “Eres el primero que se levanta, ¿has dormido bien?” El pequeño Shiva no responde, está adormilado y no se ha enterado de lo que le ha dicho la mujer.

“Anda corre y despierta a tus compañeros”, le dice la cocinera. X camina con pasos pesados hacia la habitación donde aún están durmiendo sus 17 compañeros. Él nunca ha sido muy hablador, además es vergonzoso y prefiere no despertar a sus amigos. A algunos los conoce desde hace varios años pero prefiere no despertar a nadie. Así que, lo que hace es meterse en la cama con Sanjay que aún duerme profundamente.

Ese momento en la vida en lo que todo cambia

“Ey, ¡¿Qué haces?!”, grita Sanjay. No está enfadado, al contrario le encanta que los otros niños se metan en la cama por la mañana, es muy activo y le encanta jugar. “Savitri me ha dicho que os despertéis todos ya” le dice susurrando Shiva. En menos de 5 segundos Sanjay comienza a gritar por toda la habitación, descalzo y aún con legañas en los ojos: “¡Vamos chicos, despertad todos, ya es muy tarde!”

Poco a poco, comienzan a despertarse de las nueve literas todos los niños. Los más pequeños, que tienen entre 5 y 7 años, son los que se levantan antes, Ravi, Naveen, Raouhl… Shiva es el más pequeño de todos, tiene 5 años, pero hoy ha sido incluso más madrugador porque no ha dormido mucho, está triste. Después los siguientes en estirarse son los medianos, y por último los mayores. Vishnu y Jitesh son los más mayores y los que, muchas veces, mandan a los pequeños.

¿Cómo es vivir en una cultura completamente diferente?

Una vez que se despiertan todos, es la hora del rezo. A continuación, el profesor los dirige a todos a su clase para estudiar como hacen diariamente. El maestro les enseña geografía, inglés, matemáticas… Todos escuchan atentamente sentados en el suelo y apuntan en sus libretitas ajadas por la humedad. Shiva no presta atención esta mañana, está pensando en algo que sucedió la tarde anterior.

​Durante el recreo, los niños juegan al críquet con un bate de madera algo chafado y una pelota de gomaespuma bastante estropeada. Sus 20 metros cuadrados de jardín les sirven para disfrutar los unos de los otros, no tienen a nadie más. Los mayores no permiten jugar a los más pequeños así que Sanjay y Naveen juegan a las palmas los dos solos. Shiva, en cambio, observa con deseo desde el muro del orfanato el divertido juego del críquet.

Son las tres de la tarde y el sol de Jaipur comienza a esconderse entre las montañas que rodean la ciudad. La camioneta destartalada de Praveen atraviesa el descampado, repleto de basura, en dirección al orfanato. Uno de los voluntarios va en el techo de la furgoneta y comienza reírse porque una mujer que está haciendo sus necesidades en medio del descampado le saluda con el brazo, el joven le devuelve el saludo.

El conserje abre la verja a la furgoneta que entra con un paso lento y tambaleándose en los 20 metros cuadrados del recinto. La puerta se abre y salgo del vehículo. Me acompañan una chica más mayor y una mujer de edad más avanzada, además de Jose, el del techo. Son los voluntarios con los que aprenden los niños. “Por fin han llegado”, piensa Shiva.

Todos los niños corren hacia los extranjeros para abrazarlos y comenzar a jugar con ellos. Hoy han traído plastilina para crear formas. “No, no, no, eso es caca, no es comida”, advierte una de las voluntarias a Sanjay, que pensaba que eran golosinas. “Lo que tenéis que hacer es moldear y crear formas”, les dice Marta, la chica joven. Así coge un trozo de plastilina amarilla y comienza a enseñarles.

Una experiencia única difícil de olvidar

Pasados unos minutos todos crean figuras y animales:  serpientes, elefantes, símbolos hindús, muñecos de barro… Les encanta la plastilina, pero no a todos. Shiva hoy no se encuentra bien y se acerca a mí. En un inglés primitivo y mezclado con hindi y sus gestos me dice: “ayer me dijiste que nos haríamos fotos, ¿y la cámara?”. Me rio y le señalo mi mochila. “¿Eso es lo que quieres? ¿Prefieres jugar con la cámara?” le digo bromeando. Es la primera vez que le veo sonreír en las dos semanas que llevo aquí.

A veces, como occidentales creemos que el mundo es nuestro y que todo lo tenemos. Viajamos por allí y por allá buscando la mejor foto sujetando la torre de Pisa o apoyados en el Big Beng. Pero otras veces, se puede viajar para aprender y descubrir de primera mano quién vive en cada país y los problemas que lo acechan.

El voluntariado es una buena manera de hacer esto, además de ayudar en lo que se pueda. Estos niños, que conocí en Jaipur y con los que compartí momentos inolvidables, tenían historias que estremecerían hasta al corazón más frío y no se tenían más que los unos a los otros y algún que otro juguete en su jardín. Lo único que querían era disfrutar y dejar de lado la realidad, la cámara era todo lo que les hacía feliz.

Edu Ramos colaborador medio 35 mm

 

Autor: Andreína Pérez

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