Estambul, donde Asia y Europa, se dan la mano

1 año ago
Yaiza García García
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Mezquitas, alfombras, kebabs, caos y mucha mucha gente. Esa fue mi primera impresión al llegar a Estambul. A medida que mi amiga María y yo nos acercábamos al hostal en taksi (el uber turco), no podíamos dejar de mirar por la ventana. Cientos y cientos de casas apiladas se alzaban sobre las colinas de la ciudad, al esIMG-9023tilo favelas. Es verdad que Estambul está entre las más pobladas del mundo, pero no la imaginaba de ese modo.

Nos alojamos en el barrio de Sultanahmet (la parte más turística), justo frente a la Mezquita Azul. En mi opinión es la mejor zona para hospedarte si no dispones de mucho tiempo, ya que puedes llegar a todos sitios fácilmente andando. Nada más llegar al hotel, un canto muy peculiar empezó a sonar en las calles de la ciudad, era el llamado a la oración proveniente de las mezquitas. Suena cinco veces al día y estés donde estés siempre la vas a oír, es más, en algunas ocasiones los cánticos de una mezquita y otra suenan al unísono, creando una armonía que incluso eriza la piel.

Después de dejar las maletas, pusimos rumbo hacia al río Bósforo, pero antes pasamos por el mercado egipcio, el Bazaar de las Especias, donde los colores, olores y texturas se mezclan. Es bastante pequeño, pero eso es parte de su encanto, que para laberíntico ya está el Gran Bazaar. Como era casi la hora de la puesta de sol, decidimos acercarnos al puente Gálata, para verla desde allí. Decenas de personas pescan, o al menos lo intentan, a orillas del puente, mientras el sol tiñe el cielo de color naranja. Dicen que es una de las mejores puestas de sol del mundo y creedme, no se equivocan. Ver el sol escondiéndose entre las miles y miles de casas y mezquitas, es un momento mágico difícil de olvidar.

Al día siguiente decidimos levantarnos temprano para comenzar la ruta de las mezquitas. Nuestra primera parada fue la conocida Mezquita Azul. Por fuera, la fachada es impresionante con sus tonalidades azules y sus cuatro torres, pero lo más destacable, son sus 20.000 azulejos hechos a mano. Para entrar, es necesario llevar tapados los hombros y la cabeza, pero si no tienes un pañuelo a mano, no te preocupes, porque allí te darán uno gratis que tendrás que devolver a la salida. Otro requisito es entrar sin zapatos, por lo que os recomiendo que no seáis como yo, por favor, y llevéis calcetines, no hay necesidad de arriesgarse a coger hongos o algo por el estilo. Además, la entrada es gratuita, ya que a día de hoy sigue siendo un lugar de rezo a determinadas horas, por ello es importante que seas consciente de cuándo acuden los creyentes a rezar, puesto que cierra para los turistas.

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La segunda parada estaba justo enfrente, la Basílica de Santa Sofía. Una mezquita enorme de tonalidades rosas que parecía plantarle cara a la Mezquita Azul. Fue una antigua basílica patriarcal ortodoxa reconvertida en mezquita y ostentó el título de catedral más grande del mundo durante más de mil años. En esta sí tuvimos que pagar 60 liras por persona, ya que está abierta exclusivamente con fines turísticos. Además, no es necesario descalzarse ni cubrirse la cabeza. Sus medallones, mosaicos y columnas se alzan sobre la luz de las velas dejando una sensación indescriptible. Para finalizar la ruta de las mezquitas, acabamos en Süleymaniye, en lo alto de una colina desde donde se podía ver todo Estambul. Sin duda, esta es la más impresionante y más grande de todas, tanto por su tamaño, como por sus vistas y, al igual que la Azul, es gratuita y está abierta al rezo. Esta fue nuestra apuesta más acertada.

Una vez finalizada nuestra ruta por las mezquitas más emblemáticas de Estambul, era hora de merendar y qué mejor sitio para hacerlo que una cafetería muy particular, la de Willy Wonka. Es verdad que no había ningún Oompa Loompa, pero el chocolate estaba delicioso, tienen ofertas muy originales, desde una noria con distintos tipos de chocolates, hasta un globo aerostático del que cae sirope de chocolate. Además, obviamente no podían faltar las típicas tabletas de la películaIMG-8953, en busca del Golden Ticket. Nosotras por desgracia, no fuimos las afortunadas, pero la experiencia mereció la pena. Para finalizar el día, decidimos ver el atardecer, pero esta vez desde otra perspectiva y nos dirigimos a la Torre Gálata. Desde lo alto de los 61 metros, las vistas son de infarto y si encima os toca una puesta de sol como la nuestra, os sentiréis de las personas más afortunadas del mundo. El precio es de 25 liras y entre las 18:00 y las 20:00 es cuando más concurrida está y seguramente tengáis que esperar una larga cola, pero en mi opinión, merece la pena.

Y llegó nuestra última mañana en Estambul. Después de desayunar nos dirigimos al Gran Bazaar o, mejor dicho, al laberinto interminable, para comprar algún souvenir al mejor precio. Ya llevábamos días de práctica en el arte del regateo y era hora de ponerlo en práctica. Este mercado está compuesto por 58 calles, 22 puertas de entrada y 20 mil personas trabajando, una locura. La verdad es que te vas a perder. Y te vas a volver a perder una y otra vez, pero ese es el encanto del lugar, que explores y te dejes llevar por tus instintos. Después de varios intentos de salida, conseguimos ver la luz del sol y nos dirigimos a nuestra última parada del viaje, la Basílica Cisterna.

Se trata de un depósito de agua construido bajo tierra hace miles de años en el centro de la ciudad. El ticket cuesta 30 liras y, al entrar, puedes sentir la humedad que albergan las paredes y la luz tenue, junto con la música dan una sensación escalofriante que te recorre el cuerpo. Lo más destacable es una de las columnas, la cual cuenta con grabados en forma de lágrimas como las del Arco del Triunfo en honor a los miles de esclavos que murieron durante su construcción. La otra atracción principal, son otras dos columnas apoyadas en dos cabezas de Medusa esculpidas en piedra. Una de las cabezas boca abajo y otra de lado, lo que indica que se usaron como elementos de construcción y no obras de arte. Tras finalizar la visita, volvimos al hotel para coger nuestras cosas y partir rumbo al aeropuerto en el shuttle que el hotel nos había reservado.

Al dejar la ciudad, experimenté por primera vez en mi vida una sensación de inconformismo y frustración a la vez por no poder pasar más tiempo allí. Sentía que me quedaba muchísimo por ver. No es como las típicas ciudades europeas, Estambul es diferente, es magia y a la vez un golpe de realidad. Es digna de volver.IMG-8875

Mucha gente me ha preguntado si Estambul es seguro siendo mujer. Mi respuesta es sí, yo no tuve ningún tipo de contratiempo y eso que caminamos bastante por la ciudad de noche. Es verdad que la iluminación es bastante pobre y a partir de las 20:00 si no os encontráis en la zona de bares, es probable que las calles estén desiertas y sintáis un poco de inseguridad, pero mientras evitéis las zonas más pobres, no tiene por qué pasaros nada. Además, jamás escuché ningún tipo de comentario sexista o fuera de tono por parte de ningún turco.

Es verdad que son bastante pesados, pero solo porque quieren venderte absolutamente todo lo que tienen en sus puestos. Es su forma de vida. Hemos tenido muy buenas experiencias con los turcos, son muy serviciales y amables. También es importante el tema del idioma, sorprendentemente, hablan bastante bien el inglés, por lo que no tuvimos ningún impedimento a la hora de comunicarnos. ¡Alguno hasta hablaba un poco español!

Yaiza García García
Autor: Yaiza García García

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