Día 3: Nubia y Aswan, las joyas escondidas de Egipto

4 meses ago
Yaiza García García
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Recorriendo Nubia y sus templos

Cuando comenzó este viaje tenía claro que lo que más me iba a impresionar eran las famosas pirámides de Giza, pero el país tenía escondido algo mucho mejor: los templos de Abu Simbel en Nubia.

Nos levantamos a la una y media de la madrugada y cruzamos el desierto durante horas hasta llegar a la frontera con Sudán. El sueño y el frío desaparecieron por completo al ver aquellas fachadas de 20 metros de altura excavadas en la roca. Los templos de Ramsés II y de su esposa Nefertari se iluminaban en la oscuridad, acompañándose en la gran inmensidad de soledad que les rodeaba.

Un viaje para recordar

Fue, sin duda, uno de esos momentos en los que no te salen las palabras y no puedes dejar de mirar. Tuvimos la suerte de ser los primeros en llegar, algo que convirtió la experiencia en algo mágico. El guía nos explicó que ambos templos quedaron sumergidos por el lago Nasser, pero que en 1968 fue reubicado 200 metros colina arriba bloque a bloque gracias a un esfuerzo conjunto del país con la UNESCO, una decisión que contó con la ayuda de 54 países.

A medida que salía el sol el lugar se iba llenando de turistas, por lo que decidimos dar una vuelta por los alrededores de los templos. Frente a ellos se encontraba el lago Nasser, totalmente vallado, ¿por qué? Seguramente habrá muchas respuestas correctas, pero la más popular es por los cocodrilos. Los cocodrilos del Nilo tuvieron que abandonar el río tras la construcción de la Gran Presa de Asúan en la década de los 60, quedando recluidos en el lago Nasser. Nosotros no vimos ninguno desde la lejanía, pero están ahí.

Aproximadamente 28947394 fotos después, tocaba volver al barco para descansar unas horas y continuar la aventura por el Nilo.

¿Próximo destino? Poblado Nubio

Tras revivir, nos montamos en una faluca rumbo al poblado Nubio. Y tú dirás, ¿qué es eso? Una faluca es una embarcación típica árabe muy antigua que consiste en un pequeño barco con una gigantesca vela sin motor. Durante el camino cantamos y bailamos canciones con los locales que iban con nosotros, una experiencia muy divertida.

Antes de llegar al poblado hicimos una parada en una playa a orillas del río para darnos un chapuzón. Spoiler: nadie se metió más allá de las rodillas. El agua estaba congelada y, sorprendentemente, cristalina, pero seguro que más de uno no se fiaba de que no hubiese un cocodrilo rondando por ahí.

Seguimos el curso del río hasta llegar a un lugar de lo más llamativo y colorido: el Poblado Nubio. Para que os hagáis una idea, antiguamente Nubia era un reino independiente en la parte más al sur de Egipto, lo que ahora sería el norte de Sudán. Tenían su propio dialecto, que hoy conservan. Con los años, su población se ha repartido a lo largo de las orillas del Nilo y nosotros tuvimos la suerte de visitar una de sus comunidades.

Conociendo la cultura de Nubia

Primero nos llevaron a la casa de una de las familias, donde nos invitaron a té y nos hicieron tatuajes de henna muy chulos. Sin embargo, para mí esta visita tuvo algo de agridulce. Los nubios tienen por tradición criar cocodrilos en sus propias casas y, cuando crecen demasiado, los envían al lago Nasser por suponer un peligro para sus familias.

Hasta ahí todo bien, ya que, aunque yo no comparta eso de tener cocodrilos encerrados en jaulas de 2×2, es su cultura y hay que respetarla. Lo que ya me gustó menos fue que sacaran a una de las crías y la estuvieran paseando de mano en mano para que pudiéramos tocarlos y verlos de cerca. Yo no participé en eso.

Tras la exhibición fuimos a dar una vuelta por el pueblo y acabamos en una escuela, donde uno de los profesores nos enseñó las instalaciones y nos dio una clase de nubio, donde aprendimos a escribir y pronunciar nuestros nombres. Me pareció curiosísimo lo diferente que es del árabe convencional. Después de la lección pusimos rumbo a la motonave con un espectacular atardecer.

Aún nos queda mucho por ver

Aunque parezca que el día estaba a punto de terminar de la cantidad de cosas que habíamos hecho, todavía nos quedaban unas cuantas paradas más. Tras volver a Asuán, decidimos visitar algunos puntos imprescindibles de la ciudad, como una de sus mezquitas, una tienda de especias de lo más variada e impresionante y terminamos tomándonos un batido de fruta y fumando una shisha en la plaza más famosa de la ciudad (yo omití esta última parte).

El ruido y caos de la ciudad se compensaba con la amabilidad y cercanía de los egipcios. Aquí terminaba nuestro tercer día en el país de los templos y faraones.

Autor: Yaiza García García

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